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Memorias de Portovelo

Las vivencias de nuestra tierra que debemos amar

Los helados de don Ángel Aguilar

 

En 1945 en La Estación abrió sus puertas la heladería de don Ángel Aguilar, un sitio que gracias al sabor inigualable de sus helados de cono, la gelatina -o gello- con helado y sus originales galletas, toda una deliciosa novedad en el medio, se volvió popular entre los portovelenses, hasta hoy.

 

Era natural que el calor de Portovelo – la temperatura en el verano llega, en su pico, hasta los 30 0 35 grados C. -, invite a tomar algo, alguna cosa refrescante. Eso lo tuvo en cuenta don Ángel Aguilar Bravo –Zaruma, 1917- y abrió una heladería en un local donde entonces funcionaban las peluquerías para hombres, entre ellas, la de Don Sixto Salinas o “el maestro Salinas” como también se lo conocía, en los alrededores  de La Estación.

           

Muy pronto el local se convirtió en un espacio novedoso para la gente del Campamento Minero -que eso era Portovelo entonces-, y la costumbre de ir a tomar “helados de Don Ángel”, se convirtió , sobre todo para los niños y familias, en una tradición gozosa que aún se mantiene, y muy viva, especialmente los fines de semana y feriados.

Los helados “clásicos” eran de vainilla y de chocolate, pero también se podía pedir helado de vainilla con durazno o una copa de “gello” -como se le llamaba a la gelatina- con helado, la que venía acompañada de una o dos deliciosas  galletitas que preparaba la casa según un recetario secreto que hasta ahora se sabe.  Don Ángel también hacía helados de naranjilla y chirimoya “pero solo para agasajar a sus familiares cuando venían de EE.UU. a pasar vacaciones en Portovelo".

 

Y por si no lo sabíamos hasta ahora, Don Ángel aprendió a hacer helados en Panamá de  un compañero de trabajo de origen italiano, quien  también le enseñó “el truquito” –que es un  secreto familiar del que no se sabe nada ni se puede saber- para que tengan el sabor a “helados de Don Ángel” tal como cuenta su nieto Andrés Aguilar, quien hoy está al frente del negocio ya  con nombre registrado de “Heladería Portovelo”, en la calle 10 de Agosto, frente a la oficina de las busetas que van a Zaruma.

Si los helados -en cono, en copa o en tarrina para llevar- eran, digamos, “el distintivo de la casa”, las galletas – llamadas hasta ahora “lenguas de gato”- que hacía la esposa de don Ángel, Dña. Olguita Galarza, no se quedaban atrás. Ella, según dice Andrés, había aprendido a hacerlas en casa de una de las tantas “gringas” del Campamento Minero cuando era muchacha. De las manos de Dña. Olguita salían no solamente las famosas lenguas de gato; también empanadas de horno, tortas -o keyes-, palanquetas de agua, suspiros, pan de dulce, moldes de pan, roscas, rosquitas y una especie de galleta llamada con un inolvidable nombre: “amor con hambre”-o Moncaiba.

 

Hoy el visionario y bueno de don Ángel Aguilar y su imaginativa y delicada esposa, Doña Olguita Galarza, ya no están, pero su reconfortante y dulce legado continúa.

 

(Texto:Roy Sigüenza. Fotos cortesía de Andrés Aguilar)

 

Los helados de don Ángel Aguilar

 

En su primera heladería don Ángel –sentado- acompañado de dos viandantes, en la década de los 40s. Foto de autor anónimo.

 

Los helados de don Ángel Aguilar

 

Los esposos Aguilar-Galarza, de grata recordación para los Portovelenses. Foto de autor anónimo

 

Los helados de don Ángel Aguilar

 

Copa "Don Angel", Helado de mango y gelatina, los sabores de hoy. Foto: Israel Turner.

 


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